COMISIÓN OLAGUÍBEL DEL COLEGIO DE ARQUITECTOS

Una mirada para el recuerdo

Orientarse en la cuadriculada isla de Manhattan era tarea sencilla; bastaba con levantar la vista sobre las tremendas moles de rascacielos y ver asomar la silueta del Empire State, soberbio representante del art decó de los años treinta, para saber situar el Norte. El Sur se reconocía al ver aparecer sobre la línea del cielo -o skyline- la omnipresente figura de las dos torres gemelas del World Trade Center.

Obra de los arquitectos Minoru Yamasaki, y de Emery Roth e hijos, autores de otros edificios de la ciudad como la torre Ritz y el Pan Am, la creación del denominado Centro de Comercio del Mundo era una empresa tan ambiciosa como su propio nombre indicaba. El vasto programa de necesidades previsto en un espacio limitado de terreno implicaba un desarrollo en altura sin precedentes, que dejaría pequeños a los rascacielos de la zona financiera del bajo Manhattan. Tras muchos estudios, el proyecto se consolidó como un complejo de seis edificios en torno a una plaza de dimensiones superiores a la de San Marcos, en Venecia, y un séptimo al Norte, cruzando Vesey Street, sobre una red subterránea de galerías comerciales y estaciones de metro. Por encima de los edificios, entre 9 y 47 plantas, sobresalían descomunalmente las 110 plantas de las dos torres, casi gemelas con sus 415 y 417 metros de altura.

El sistema estructural empleado supuso toda una innovación técnica, dejando atrás los habituales diseños de muro cortina de piedra o cristal que transmiten todas las cargas a los forjados. Se trataba de gigantescas celosías de acero que actuaban como una pared estructural, absorbiendo las fuerzas de torsión provocadas por el viento. De esta forma el núcleo central soportaba sólo las cargas gravitatorias, permitiendo la ausencia de soportes intermedios y la ligereza de los forjados. Pese al despliegue de medios y a haberse convertido en un símbolo de Nueva York, la monótona forma de las cajas de aluminio fue muy discutida. "Son edificios grandes, pero no es una gran arquitectura" (Ada Louise Huxtable, Kick a Building Lately, 1973). Además, la pericia estructural y la densidad de los nervios de la fachada privaba a los usuarios, situados en el interior de cada planta, de grandes ventanas por las que apreciar las espectaculares vistas.

Visión colosal

Dejando a un lado las imponentes cifras, los logros técnicos, y demás consideraciones, la visión que las torres ofrecían al visitante era colosal: la plaza del WTC actuaba a modo de gran patio de butacas donde el espectáculo, quizá agrandado por el recuerdo y la certeza del que sabe que no lo verá nunca más, era grandioso. El individuo se volvía pequeño, envuelto en el torbellino de gentes demasiado ocupadas para mirar hacia arriba y asombrarse ante lo que se alzaba a sus pies. Era la versión contemporánea del sentimiento que debió conmover a nuestros antepasados ante la grandeza de las catedrales, traducido a un tiempo más moderno, donde el concepto del misticismo y el poder se traslada a bienes más terrenales. Sobre la plaza, la escala humana se recuperaba en actividades como los conciertos de verano al aire libre, o las partidas de ajedrez que se organizaban camino de Wall Street. En el interior de la WTC 2, al visitante le esperaban largas colas para acceder al mirador del piso 107, y tras ellas sólo unos instantes de ascensor lanzadera para alcanzar la cima.

Dicen que en días claros se podían ver tres estados: Nueva York, Nueva Jersey y Connecticut. Desde allí, el espectáculo es el de una ciudad que se extiende a tus pies, donde los rascacielos parecen una maqueta y ya no se distingue a la gente en las calles, y la Estatua de la Libertad es una pequeña figura perdida en un inmenso río. Aún más arriba, en la azotea, sorprendía el silencio, y una extraña sensación de irrealidad invadía al espectador al observar, tras las ventanas de los últimos pisos de la Torre 1, a los oficinistas realizando sus tareas diarias ajenos al vértigo y la altura.

Las aspiraciones de Yamasaki trascendían lo puramente material. De esta obra dijo que "debía convertirse en una viva representación de la fe de los hombres en la humanidad, su necesidad de dignidad individual, su confianza en la cooperación y, a través de ésta, su habilidad para encontrar la grandeza".

En un futuro tal vez construyan otras torres más altas, más fuertes, más bellas, o decidan no volver a desafiar a los fanáticos del mundo con otro símbolo de la cultura y el poder; no así se podrán cerrar las heridas de una sociedad que ha contemplado atónita cómo su fe en la tecnología y el progreso se reducía por minutos a una nada llena de un insoportable dolor humano.

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