COMISIÓN OLAGUÍBEL DEL COLEGIO DE ARQUITECTOS

El rascacielos de cristal

Mies van der Rohe, nacido Ludwig Mies, vio la luz en Aquisgrán, Alemania, en 1886. Justo antes de la Segunda Guerra Mundial emigró a Estados Unidos donde se convirtió en director del Departamento de Arquitectura de lo que hoy es el Instituto de Tecnología de Illinois, en Chicago. Entre 1945 y 1951 construyó, en esta ciudad, dos torres de viviendas de veintiséis plantas a la orilla del lago Michigan. Estos dos bloques -números 860 y 880 de Lake Shore Drive-, son los edificios que más influyeron en la arquitectura de torres del siglo XX. Son dos prismas de exacta geometría, resultado directo del intento de dar forma a una idea, la del rascacielos de cristal.

Este empeño constituyó el mayor afán de la etapa americana de Mies y convirtió a las dos torres de Chicago en el paradigma de la arquitectura moderna. Con estos dos edificios se consiguió identificar al progreso de la tecnología americana con una arquitectura basada en el rigor constructivo, en la esbeltez y en la transparencia.

Son dos torres que figuran en un lugar destacado en todas las guías de arquitectura del siglo XX y han llegado a conmover a muchas personas. John Cage, compositor de música contemporánea, llegó a decir, rendido por la belleza de la visión de una tormenta desde uno de los pisos altos: "¿No es espléndido que Mies haya inventado también el relámpago?". Tal era la inmediatez con la que se podían contemplar las descargas eléctricas sobre el lago.

Rechazo

La mayor parte de los residentes que hoy en día siguen habitando en el edificio son personas enamoradas de su arquitectura. Sin embargo, el propio Mies, a quien el promotor ofreció varios apartamentos en uno de los edificios, rechazó la idea de trasladarse a vivir allí porque veía que iba a ser importunado constantemente, no sólo con alabanzas, sino también con quejas sobre su construcción.

Masami Takayama, un alumno de Mies, quien residió varios años en un apartamento de las torres, contaba que los tiempos de espera de los ascensores eran demasiado largos, pero que de esa forma se fomentaba la relación entre los vecinos. Comentaba también que en los días de fuerte viento el edificio se movía y las cortinas de la fachada bailaban de un lado a otro como un coro de ballet. Su cultura le enseñó que colocando un papel japonés por dentro de la fachada de cristal se evitaba el paso de la radiación infrarroja que calentaba excesivamente su apartamento en verano. Pero su satisfacción era grande cuando, al pasear bajo los volúmenes, se apasionaba con la pureza de sus detalles, se conmovía con la armonía de su silueta y se emocionaba con la sutil relación de cada parte con el todo.

La crítica internacional, que en los años cincuenta alabó tremendamente estas dos torres por su rigor constructivo, descubrió un poco más tarde que estos dos edificios no son tan racionales como parece, sino que tienen muchos elementos colocados, más porque quedan bien, que porque realmente hagan falta. Confesiones del propio Mies.

Respeto ambiental

Las torres que se levantarán en Salburúa, cincuenta años después, participan del mismo empeño por conseguir el rascacielos de cristal. En estos años, la tecnología ha evolucionado y los problemas técnicos que se le presentaron a Mies están completamente superados; ahora las preocupaciones medioambientales son mucho mayores.

Sin entrar en la polémica de si, en este momento, es conveniente edificar viviendas en altura, parece indudable que la categoría profesional de los equipos de arquitectos seleccionados en Vitoria garantizará unos edificios de calidad. El reto se encuentra ahora en ajustar la magnificencia de su arquitectura al coste máximo que permiten las viviendas de protección oficial.

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