
COMISIÓN OLAGUÍBEL DEL COLEGIO DE ARQUITECTOS
Difícil acceso a la biblioteca municipal de Estocolmo. / KLAUS FRAHM
El término discapacitado se asocia a una persona en silla de ruedas que tiene dificultades para desplazarse. La realidad es muy diferente y abarca a un porcentaje de gente que, debido al envejecimiento de la población, aumenta alarmantemente. Todos podemos ser o estar temporalmente discapacitados: por accidentes traumáticos ocasionados por tráfico, trabajo o deporte; personas con problemas espásticos; enfermos con esclerosis múltiple, pero también ancianos, mujeres embarazadas, niños e invidentes.
En los últimos años se han promulgado numerosas normativas autonómicas y estatales que tratan de garantizar la accesibilidad. En concreto, el 11 de abril de 2000 el Departamento de Ordenación del Territorio, Vivienda y Medio Ambiente del Gobierno vasco aprobó las Normas Técnicas sobre condiciones de accesibilidad de los entornos urbanos, espacios públicos, edificaciones y sistemas de información y comunicación. Su aplicación ha obligado a cambiar algunos parámetros en viviendas y espacios de circulación y ha influido en la concepción de muchos proyectos de arquitectura. La adaptación a esta normativa puede ser lenta, aunque algunas comunidades de propietarios comienzan ya a tomar medidas.
En este terreno, son importantes la visitabilidad y la adaptabilidad. El primer concepto se refiere a los espacios no ocupados habitualmente por discapacitados. Por ejemplo, cuando una persona con movilidad reducida visita a otra que no presenta este problema, debería poder acceder a los espacios de relación y al menos a un servicio higiénico donde desarrollar sus funciones básicas. La adaptabilidad comporta la posibilidad de modificar permanente o temporalmente el espacio físico con un desembolso limitado para ser utilizado por personas con sus capacidades motoras o sensoriales limitadas. Los espacios habitables deberían ser además de accesibles, visitables y adaptables. Hay pasos ya concretos. Existen guías de establecimientos y hoteles que dan facilidades a discapacitados, indicando si el aparcamiento está preparado, si el ascensor es accesible, si las informaciones están en Braille, si admiten perros-guía, si el autoservicio cuenta con una persona de ayuda...
Cuando entramos en una residencia de ancianos nos asombramos de lo amplios que son los pasillos, de la abundancia de automatismos y barras de ayuda, de la anchura de las puertas, pero a partir de ahora no nos deberemos extrañar de que todas las viviendas en el futuro tengan en cuenta las medidas antropométricas del discapacitado y se aumente considerablemente las dimensiones de los espacios comunes de uso público frente a los de uso privado.
En Finlandia, en la ciudad de Joensuu, se ha construido un barrio residencial, llamado Marjala, con el lema de una 'ciudad para todos'. Las viviendas son accesibles para todo los grupos de población y se ha conseguido eliminar las barreras arquitectónicas, aplicando estos criterios hasta sus más pequeños detalles. El plan de ordenación del barrio fue el resultado de un concurso a nivel nacional realizado en 1990. En Marjala se pensó que la atención social y sanitaria realizada en el propio domicilio va a crecer en los próximos años. Adicionalmente a la accesibilidad arquitectónica y urbana se puso en marcha un programa de conexión multiservicio. La conexión con el médico, la participación en los asuntos municipales, el teletrabajo, y el comercio telemático son ayudas que la ciudad de Joensuu pone a disposición de las personas que por su condición de incapacitados deben permanecer las 24 horas en su vivienda.
Hacer accesible un espacio público entraña complicaciones en el diseño. Resolver con rampas o elementos mecánicos algunas situaciones requerirá de una especial habilidad en cuanto a la integración con la arquitectura. Bien es verdad que la solución siempre contará con el respaldo de la técnica, dado el previsible avance que los sistemas de desplazamiento vertical van a experimentar en el futuro.