
COMISIÓN OLAGUÍBEL DEL COLEGIO DE ARQUITECTOS
RECUPERACIÓN. Demolición de bloques altos en el barrio de Bijlmermeer, en Amsterdam.
Una ciudad es un organismo cuyo desarrollo debe producirse de manera armónica. La creación de nuevas zonas de expansión, con edificios que aprovechan las nuevas tecnologías, no ha de hacernos olvidar crecimientos anteriores que han sufrido el paso del tiempo en sus tejidos y se nos presentan como envejecidos en sus unidades residenciales y escleróticos en sus vías de comunicación. Las inversiones que se realizan en las nuevas infraestructuras tienen que compensarse poniendo al día los barrios levantados en los años cincuenta y sesenta.
En distintas ciudades europeas este afán rehabilitador se está acometiendo con decisión. El ejemplo más destacado es el de Bijlmermeer, en Amsterdam. El barrio fue diseñado en los años cincuenta para resolver el problema de la falta de vivienda en la Holanda de entonces. Se siguió a rajatabla los principios del arquitecto suizo Le Corbusier: el bloque abierto en altura y predominio del peatón y los ciclistas, con un terreno libre de coches y con las avenidas de tráfico rodado y los aparcamientos elevados sobre soportes. En su momento, esta urbe planificada para 15.000 apartamentos se identificó con la ciudad del futuro y fue revolucionaria en su resolución formal. El verdadero resultado fue un fracaso. El barrio se convirtió en un refugio para aquellos segmentos de población que más sufrían la carestía y la falta de viviendas del centro de Amsterdam. Al final, extranjeros, personas originarias de Surinam, la antigua colonia holandesa de la costa este suramericana, de Ghana y de las Antillas se instalaron allí y lo hicieron suyo como paradigma de un barrio libre. Algunos de ellos, al abandonar los apartamentos, dejaban tras de sí graves destrozos cuya reparación exigía un fuerte desembolso. En 1986, el 25% de los apartamentos estaba vacío. Se había acabado con la peatonalización y los vehículos campaban a sus anchas por donde les parecía. El barrio había fallado estrepitosamente desde el punto de vista de la integración social. Se necesitaban 400 millones de euros para cambiar la situación. El dinero provino del Ayuntamiento de Amsterdam y de las sociedades holandesas de vivienda; dinero público en su mayoría.
Estrategias, no planes
Desde mediados de los noventa se empezó con una estrategia, no con un plan, para rehabilitar Bijlmermeer. Los responsables tenían pánico a crear otro documento rígido que no fuera capaz de evolucionar con los residentes y con las demandas sociales. No querían repetir el error que dio origen a Bijlmermeer. Evitaron a toda costa un Plan Especial de Rehabilitación Integral a diez años, inmodificable y rígido que produjera resultados arquitectónicos anquilosados. Se trató intencionadamente de evitar lo que hasta hace poco se enseñaba en los cursos de urbanismo como ventajas de una buena planificación: los nuevos ideales, la cohesión entre las partes, la potencia de la estructura urbana y la clara visión de futuro. Estas ideas habían producido el Bijlmermeer que no funcionó.
Los bloques altos de treinta alturas se sustituyeron por otros más bajos. No se tuvo ningún reparo en demoler edificios que sólo tenían veinte años. Se decidió tirar el 25% de los edificios altos. El tráfico se bajó al nivel del suelo. Al final, la inversión total será 1.600 millones de euros y el proceso terminará en 2009.
Tras 10 años de actuaciones, el barrio ha perdido el carácter de gueto y ahora es casi un paraíso, si lo comparamos con los barrios degradados de algunas ciudades americanas. Actualmente, Bijlmermeer es una zona con potencialidades y llena de vitalidad. Las organizaciones sociales y el Ayuntamiento no han dejado que Bijlmermeer se hundiera en el infortunio y lo han convertido en un ejemplo para el futuro de nuestras ciudades.
En Vitoria no existen barrios con este nivel de degradación, pero el caso lo tenemos que observar no en su intensidad, sino en su estrategia. Salburua y Zabalgana requieren nuestra atención, pero las inversiones en infraestructuras deben recaer también sobre el casco medieval y los ensanches de la mitad del siglo pasado. Los planes rígidos no son capaces de evolucionar con las circunstancias, hay que tener claro que las mejoras del tejido antiguo también son rentables y no debe existir miedo a acometer reformas profundas, incluso con el derribo de edificios construidos hace sólo dos décadas. Las experiencias de otras ciudades nos ayudarán a rectificar los errores cometidos en el pasado.
Más información
Theo Baart. Territorium. Edición del Nai. Rotterdam