COMISIÓN OLAGUÍBEL DEL COLEGIO DE ARQUITECTOS

Cuidar los árboles

LA SECUOYA DE MAGDALENA. Reforma de Eduardo Rojo, encargada por el departamento municipal de Medio Ambiente.

Los casos de especial atención a árboles de la ciudad nos sirven de punto de partida para una reflexión interesante: la ordenación de espacios urbanos. El primero de ellos es la plaza de las Desamparadas, un lugar rodeado por tres calles y delimitado por la iglesia. Unos grandes plátanos son los protagonistas. Los alcorques, el cuadrado de tierra en torno a los árboles, sufrían el pisoteo continuo de los que por allí pasaban. La tierra estaba compactada, casi era impermeable y los árboles, periódicamente, morían por asfixia y falta de agua. Por eso pedían a gritos que se respetasen los alcorques y no se apelmazase más su tierra. Además, la plaza, en su anterior configuración, no tenía muy definido su papel: no era ni lugar de paso, ni de estancia.

Ahora, después de su reforma, unas jardineras de diseño sencillo de acero inoxidable rodean todos los árboles. En torno a los plátanos interiores, donde se previó que se podía sentar la gente, se han sujetado unos bancos a las jardineras. Los asientos son de madera de iroko, dura y muy habitual en las carpinterías de las ventanas de las viviendas.

Tras casi dos años con nueva protección, los árboles parecen responder bien y, de momento, ninguno ha vuelto a flaquear. La plaza recibe a cuadrillas de chavales y ancianos, que encuentran en los bancos un lugar para quedar y charlar.

En las jardineras, en un principio se plantaron unos pensamientos, propios de la temporada de invierno, que fue cuando se acabaron las obras. Con la primavera avanzada, se colocaron unos arbustos rastreros llamados cotoneaster, con la intención de que fuesen colonizando las jardineras. Sin embargo, los perros, poco amigos en muchas ocasiones de la vegetación urbana, los arruinaron con sus orines y su paso continuo. Con la llegada de la primavera siguiente, se volvieron a colocar plantas de temporada, en este caso, gitanillas, más alegres por su floración, y más fácilmente sustituibles.

La secuoya

El otro caso objeto de análisis es el del único árbol catalogado como singular en Vitoria. Se trata de la secuoya de la calle Magdalena, plantada por Juan Ibarrondo en 1860. El árbol ha alcanzado un gran desarrollo (40,88 metros). En este momento se encuentra rodeado de tapias y edificios, lindando con el patio del colegio de las Ursulinas. Las obras de construcción del bloque de viviendas cercano dañaron sus raíces y le quitaron luz y alimento. Unos juegos de niños contribuían al pisoteo frecuente del suelo. Como consecuencia, las hojas empezaron a amarillear y se temía por su estado. Otras compañeras suyas, como las situadas en El Campillo, habían ido desapareciendo durante los últimos años.

Por eso se emprendieron actuaciones tendentes a proteger el árbol y a crearle un entorno adecuado. El proyecto inicial fue modificado atendiendo a las sugerencias de la Diputación, competente en la gestión de los Árboles Singulares en Álava y muy celosa en su trabajo. Se construyeron unas plataformas de madera, a modo de palés que, apoyadas en el suelo, lo dejaban respirar. Una de las plataformas se repliega en el fondo del jardín dando lugar a un banco corrido desde el cual se puede admirar la secuoya en toda su dimensión. Con esta actuación, se pretendía que el público que la visitara, sólo anduviese sobre la madera. El resto del espacio, la mayor parte del jardín, se cubrió con un mulch, una capa acolchada de restos vegetales triturados, desinfectada y permeable, que no invita a pisar encima y que periódicamente se remueve.

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