
COMISIÓN OLAGUÍBEL DEL COLEGIO DE ARQUITECTOS
La escalera mecánica extiende la actividad a otras plantas
Shopping es la palabra inglesa que mejor define la relación contemporánea entre producto y consumidor. No es exactamente ir de compras, ya que tiene un componente de aleatoriedad y de deambular buscando lo inconcreto. El shopping caracteriza la actividad comercial de nuestras ciudades y es uno de los motores de la vida urbana. En las ciudades europeas las transacciones han tenido lugar en el centro de los núcleos habitados y a nivel de calle. Calles donde se desarrolla el espectáculo de la vida, con actividades mezcladas y dimensionadas a escala peatonal. Calles con una separación adecuada entre los dos lados para que se produzca el efecto de atracción sensorial. Esta distancia se limita a 24 metros. Anchuras superiores producen desamparos, pérdidas de referencias y justifican la poca intensidad comercial de zonas planeadas por y para el coche como Lakua.
Hasta la aparición del automóvil la calle cumplía su función de espacio comercial, basada en la atracción sensorial del producto en los escaparates. Ambos lados de la calle eran abarcados con la mirada, no había obstáculos aparcados que impidieran el libre tránsito de peatones y el recorrido de vehículos se producía de manera lenta y poco fluida.
Pero las cosas han cambiado. La calle ha perdido su exclusividad y el reclamo de la compra está omnipresente. El espacio público se ha visto devorado por el espacio comercial. Los centros urbanos, las calles, los aeropuertos, las estaciones, los museos, las salas de espectáculos... todo está poseído por la incitación a la compra. El comienzo del siglo XXI estará marcado como el momento a partir del cual no puede entenderse el hecho urbano sin que la actividad comercial esté presente.
Las grandes cadenas internacionales se han desarrollado de tal forma que son las responsables de gran parte del comercio mundial. La cadena americana Wal-Mart vende más que el producto interior bruto de tres cuartas partes de la economía mundial en su conjunto.
El acto de comprar se ha trasladado a recintos cerrados: grandes almacenes y grandes superficies. La extensión de los edificios en planta y en altura se ha producido por dos adelantos tecnológicos: el aire acondicionado y la escalera mecánica. El aire ha permitido que los espacios para la venta de productos tengan una profundidad ilimitada y que sus condiciones de confort no dependan de su relación con el exterior. Además, añade profundidad al espacio comercial. Las condiciones de iluminación y ventilación naturales no son necesarias y el público adopta para la compra un ambiente artificial. En 1906 Carrier patentó su primer 'aparato para tratar el aire' que se convirtió en la base de los modernos sistemas de aire acondicionado.
La escalera mecánica ha extendido la actividad comercial de la planta baja a las demás. La barrera de la altura ya no es problema para la rentabilidad comercial de un edificio. La escalera añade la dimensión vertical al espacio comercial y su implantación ha sido básica en el desarrollo de los grandes almacenes. En 1898, Harrods en Londres instala una máquina de prueba para el transporte de personas y mercancías. Desde entonces, no puede entenderse un centro comercial sin esas escaleras.
Sin embargo, parece que los centros comerciales han existido siempre y no es así, ya que fue en 1956 cuando se hizo la primera gran superficie americana. Pese a que el acto de comprar está constantemente presente en nuestras vidas, es una de las más inestables actividades humanas y la más vulnerable al embate de las crisis económicas. En América existe un gran número de centros comerciales en desuso. Contenedores muertos a lo largo de autopistas que han perdido poder de atracción y han sido condenados al abandono y la desolación. Es un ciclo imparable de vida y muerte asociado con motivos cambiantes como la moda, la oferta y la accesibilidad. Cuando la muerte se produce se buscan alternativas patéticas con usos compatibles con la gran profundidad construida de estos contenedores. Se reconvierten en prisiones, centros de entrenamiento militar, complejos deportivos para escolares, talleres para artistas. Cualquier cosa antes que ver los aparcamientos vacíos y los edificios deteriorados.
Ya no sirven las recetas del arquitecto Victor Gruen, (nacido en Grünbaum en Viena), quien construyó los primeros mall americanos. Una receta de Gruen decía: «elige 50 hectáreas de un terreno plano rodeado por 500.000 potenciales consumidores, acondiciónalo, construye 100.000 m2 de edificio, rellénalo con productos baratos de primera clase, consigue 10.000 plazas de aparcamiento, decóralo con algunas jardineras con plantas y esculturas y sírvelo con lazo y celofán al consumidor».
Esto ya no funciona. La última generación de centros comerciales pretende levantar edificios más a la moda, con ocio integrado, que destaquen por la cantidad de la oferta y los bajos precios de sus productos, pero sobre todo que atraigan por la facilidad de sus accesos, la proximidad al núcleo urbano y la recuperación del espacio público y de relación social. Muchos centros han querido recuperar el espíritu de la calle tradicional y la incorporan en sus diseños como recorridos sensoriales en ambientes controlados.
Todavía el grande no se ha comido al pequeño. Ahora conviven la calle comercial y las grandes superficies y cada vez se van pareciendo más entre sí. Las grandes superficies horadan su interior con calles comerciales de escala medieval y los pequeños comerciantes del centro urbano quieren convertir los barrios en grandes centros comerciales de escala urbana. Para ello, proponen cubrir las calles con toldos para controlar el clima y situar aparcamientos subterráneos por doquier. Si las grandes cadenas reaccionan, también el comercio tradicional lucha por sus intereses y trata de adoptar los mismos valores de comodidad y de oferta de las grandes superficies.