
COMISIÓN OLAGUÍBEL DEL COLEGIO DE ARQUITECTOS
Ultimamente ha saltado a la palestra la propuesta del equipo redactor del Plan Especial para el Casco Medieval de eliminar el monumento a la Batalla de Vitoria del centro de la plaza de la Virgen Blanca. No es la primera vez que se plantea esta cuestión. Ya el historiador Tomás Alfaro propuso en su día trasladarlo a Júndiz, donde tuvo lugar la citada batalla. Muchos vitorianos, acostumbrados a ver toda la vida la plaza co-mo está, se preguntarán el porqué de esta insistencia.
Basta dar un repaso a la evolución, desde sus orígenes como plaza de mercado hasta su actual configuración como elemento articulador del Casco Medieval con el Ensanche, para comprender que su trazado actual responde a un diseño relativamente moderno.
La plaza de la Virgen Blanca era el único espacio libre intramuros que dejaba una ciudad de calles angostas, de trazado en forma de anillos, totalmente ligado a las pendientes del cerro sobre el que se construyó. Es lógico pensar que durante los siglos en que sirvió como plaza de mercado hu-biera sido impensable taponar el centro con un monumento que di-ficultara la colocación de los puestos de venta y el tránsito que se producía a través de ella. En un grabado del siglo XVII que aún se conserva, se puede apreciar que los únicos elementos que existían en la plaza eran dos fuentes, situadas ambas en el extremo sur, por tanto descentradas y apartadas de los espacios más transitados.
Posteriormente la plaza perdió su condición de mercado, pasando a ser un espacio infrautilizado y sin una función específica. A principios de este siglo se diseñaron los jardines que hoy conocemos y se colocó en su centro el monumento por la pura cuestión geométrica del trazado sobre un plano. No se tuvo en consideración la faceta más importante que una plaza debe presentar, que es su condición de espacio público y de reunión. Resulta curioso el he-cho de que el monumento está im-plantado exactamente taponando el cruce de los caminos peatonales que discurren entre los parterres de coles, o flores, que año tras año son pisoteados y nuevamente repuestos tras las fiestas de La Blanca, resultando obvia la escasa funcionalidad del diseño actual.
El urbanismo moderno apuesta por hacer partícipe al espectador del espacio arquitectónico, incorporando la escala humana a los espacios públicos. En la Virgen Blanca esta tendencia ya se ha hecho notar en años anteriores, peatonalizando los viales que la rodeaban y que la han dejado aislada en el centro del tráfico. Pero en el caso del monumento, su presencia sigue obstruyendo la visión de los edificios de la plaza. A la vez, al monumento le es desfavorable un fondo de construcciones tan singulares, de ma-nera que se perjudican mutuamente. Es imposible contemplar sólo uno de los alzados de la plaza con suficiente perspectiva, sin que aparezca el monumento ocultando parte de las fachadas.
De las tres plazas esenciales del centro de la ciudad -junto a la plaza de los Fueros, antes ocupada por Abastos, y la plaza Nueva, que tenía un quiosco en el centro- es la única, pese a ser la más representativa, que aún conserva en el centro un elemento que impide apreciar y utilizar el espacio en todas sus posibilidades.
El ejemplo de Burdeos
El sinsentido del cruce peatonal de Postas a la calle Diputación, con un pavimento destrozado por el paso de vehículos, y la innecesaria vuelta del tráfico rodado por Mateo Moraza hasta Olaguíbel, han empujado al equipo redactor del Plan Especial a plantear un paso subterráneo que, partiendo de Prado y pasando bajo la plaza de España, desemboque frente a los jardines del Gobierno Civil. El paso subterráneo puede ayudar a replantearse todo este espacio.
El caso de Burdeos es ejemplar. En octubre, su Ayuntamiento ad-judicó al equipo del arquitecto Francisco J. Mangado la peatonalización de la plaza Pey-Berland, el espacio público más importante de Burdeos, donde se ubican la catedral y el Ayuntamiento, y que está completamente diluido dentro del caos circulatorio. El planteamiento ganador surgió de un concurso de ideas que pretende dotar a todo el conjunto de una importancia acorde con el significado urbano del espacio y de la catedral para la ciudad.
En Vitoria, está por ver si vence la nostalgia o el deseo de crear un espacio urbano adaptado y concebido para nuestros tiempos.