
COMISIÓN OLAGUÍBEL DEL COLEGIO DE ARQUITECTOS

Un aspecto funcional muy importante es que las calles generales desembocaban en este Fondón que hace las veces de gran colector de flujos de comunicación.
Esta imagen se puede intuir en la reproducción de un dibujo medieval. En ella se aprecia la deficiente relación de la parte oeste con la este, donde están los accesos a las calles gremiales de la Cuchillería y Pintorería, que se encuentran más altos y desvinculados del espacio del mercado. Había caminos aleatorios, dos fuentes, una topografía compleja, riachuelos, murallas y unos edificios singulares de los cuales destacaban los religiosos, con torres que servían de referencia focal a los caminos que llegaban a la ciudad. Ahora lo definiríamos como un área de oportunidad esperando un gran proyecto.
Como en la mayoría de los acontecimientos importantes que se suceden en la historia, en aquel momento coincidieron una serie de circunstancias que provocaron que Olaguíbel recibiera, siendo todavía estudiante, el encargo de realizar el proyecto arquitectónico más importante de la historia de la ciudad. Estamos en el siglo XVIII, el siglo de la Razón. Los destinos de la ciudad los rige un grupo de ilustrados, liderados por el Marqués de la Alameda, don Ramón María de Urbina y Gaitan de Ayala, de educación europea, emprendedor y con ideas nuevas.
Desde la Grecia de Pericles, los avances en la sociedad y en las artes han ido de la mano de un gran líder político. Nuestra querida almendra debe salir de su cascarón medieval y crecer. En ese momento, lo moderno en arquitectura iba de la mano del Neoclásico que, en Italia y sobre todo en Francia, se habría paso con gran éxito como reacción frente a lo antiguo, que era el Barroco. Llega la modernidad, las luces y el progreso.
En España, la Academia de Bellas Artes de San Fernando dictaba las reglas para que este estilo fuera proyectado y construido con orden y rigor.
Nuestro arquitecto era un alumno aventajado, sus profesores Ventura Rodríguez y Juan de Villanueva le otorgan la medalla de oro de la Academia. No me voy a extender en la historia de Justo Antonio de Olaguíbel, ya que María Larumbe nos ilustra perfectamente sobre el perfil de personaje, de su carrera y su obra.
Pese a su juventud, Olaguíbel era la persona más adecuada para proyectar una obra que conduce a Vitoria a la modernidad.
Hay una serie de circunstancias, de total actualidad, relacionadas con la gestión del encargo. Todas ellas delatan el espíritu ilustrado de sus promotores.
La obra se autofinancia, las viviendas sufragan los costos de los edificios institucionales y espacios públicos. Se imponen una serie de ordenanzas (ver artículo y libro de María Larumbe). Estas ordenanzas urbanísticas dan uniformidad al conjunto y regulan sus usos. Esta simbiosis público-privado, con una regulación racional, da unos frutos espectaculares. Hay una preocupación extremada por aspectos higiénico-sanitarios: la evacuación de las aguas, ventilación, etc.
La construcción se ejecuta con gran rapidez y con mucha calidad y el padre de Olaguíbel, don Rafael Antonio, participa en esa construcción. Él, que era otro ilustrado, fue quien encaminó a su hijo a la Escuela de Artes y Oficios y después a la Academia de San Fernando, inculcándole el espíritu de la modernidad y el estilo Neoclásico, como se desprende del artículo de Aintzane Erkizia. Comisión de Cultura Colegio de Arquitectos de Vitoria