
COMISIÓN OLAGUÍBEL DEL COLEGIO DE ARQUITECTOS
Muchas ciudades cuentan con un edificio emblemático que, probablemente, en sus orígenes no esperaba llegar a convertirse en la imagen que esa ciudad proyectaría hacia el exterior. Algunos nacieron como fruto de la experimentación y el alarde de las posibilidades técnicas de la é-poca, como fue el caso de la torre Eiffel en la Exposición Internacional de París, muestrario de un nuevo campo de posibilidades técnico-constructivas que influirían definitivamente en los nuevos ca-minos abiertos para el arte.
Hoy en día, cuando se proyecta un edificio singular, se apuesta abiertamente porque llegue a convertirse en emblemático, lo que conlleva la elección de un emplazamiento excepcional por su carácter histórico o por sus cualidades paisajísticas; un programa de usos relevante, unas demandas simbólicas que generalmente se traducen en la búsqueda de la originalidad de formas y tecnologías, de la mano de una firma de prestigio que garantice la calidad de la solución adoptada. Todo ello sólo es posible gracias a unas dotaciones presupuestarias extraordinarias. Pero a pesar de contar con los mejores ingredientes para un éxito seguro, el edificio se ha de someter al juicio inapelable del tiempo, del uso y del público que serán, al fin y al cabo, los factores que determinarán si ese edificio acabará siendo o no un paradigma indiscutible para la ciudad.
En algunas ocasiones, la apuesta también conlleva una completa transformación de las áreas próximas al edificio, buscando mediante su implantación la regeneración de espacios degradados. Es el caso del barrio del Raval en Barcelona, hasta que se construyó en él el Museo de Arte Moderno de Barcelona (MACBA), diseñado por el arquitecto Richard Meier. El éxito de la intervención es fácil de comprobar, no sólo por la afluencia de visitantes, sino también por la utilización intensa del espacio público por parte de los vecinos de la zona.
En el caso de Bilbao, el Guggenheim ha servido para revitalizar una zona degradada de la ría, con la consiguiente repercusión sobradamente conocida.
El hecho de que se hayan construido edificios singulares en Bilbao o San Sebastián, con el Kursaal de Moneo levantado en un enclave excepcional, nos lleva inevitablemente a hacer una reflexión sobre la inexistencia de un edificio de esa magnitud en nuestra ciudad. ¿Debiéramos apostar también por ese edificio que sea conocido internacionalmente y sirva como reclamo para atraer visitantes?
Como ya se ha dicho anteriormente, no todos los edificios que pretenden ser emblemáticos consiguen pasar de ser singulares. Para ello, han de confluir unas circunstancias muy particulares surgidas de una necesidad real de la ciudad de llenar un vacío espacial, cultural o funcional que de sentido a una operación de esta envergadura.
Ciudad sin fisuras
Si tenemos en cuenta que Vitoria-Gasteiz es una de las pocas ciuda-des que ha crecido siempre guiada por una planificación sin fisuras importantes en su trama ur- bana y donde los espacios degradados se han ido absorbiendo a medida que ha ido creciendo la ciudad, podríamos decir que ac-tualmente Vitoria no precisa de ese elemento que sobresalga por encima de los demás.
Debemos apostar, sin embargo, por lo más destacable que tenemos que es, precisamente, la ar-monía de todo el conjunto.
Como dijo Caro Baroja refiriéndose a nuestro Casco Medieval: «Lo importante es el continente más que el contenido», es decir, el trazado original y peculiar intacto, más que los edificios notables, que no tienen un valor tan destacado frente al conjunto.
La arquitectura se basa muchas veces, más que en la calidad de sus edificios, en la riqueza de los espacios vacíos que estos mismos definen. Los rincones, las esquinas, las plataformas, los desniveles, los pasos, los puentes, los patios cu-biertos y todos aquellos otros elementos urbanos tradicionalmente despreciados por una arquitectura moderna, en sus orígenes excesivamente racional, que son partes esenciales de las ciudades, y muy especialmente de la nuestra, donde la armonía de la pluralidad es precisamente el gran elemento emblemático que la ca-racteriza.